Afronegrismos en el Drae

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Resulta un tanto extraño que, en general, se conozcan tan poco los vínculos, las huellas de la presencia negroafricana en España y en los países hispanoamericanos a pesar de formar parte de una historia y una cultura que ha sido y sigue siendo tan suya como nuestra.

Por eso, pensé que rescatar del acopio de palabras recogidas en el Diccionario de la lengua española aquellas que nos legaron los negros a lo largo de tantos siglos de convivencia aquí y allá, era una manera de agradecimiento y, al mismo tiempo, de justicia. Era también una forma de recordarles a los hispanohablantes que la lengua que nos une es de todos los que la usamos y, por supuesto, de aquellos que, como los descendientes de los esclavos africanos, la hicieron suya y, además, la enriquecieron.

Concretamente, en Sevilla, los africanos formaron parte de su paisanaje, participaron de sus costumbres, tuvieron sus barrios e incluso contribuyeron a la conquista y colonización del Nuevo Mundo. Este dato, como muchos otros referidos a la presencia negra que, en el siglo XVI, casi llegó a un 10% de la población sevillana, son desconocidos por la mayoría de nuestros conciudadanos.

Si exceptuamos gentilicios y etnónimos, es de América y, sobre todo, de zonas como las Antillas –con una presencia negra más acusada– y, particularmente, de Cuba –donde la esclavitud no se abolió hasta 1886–, de donde proceden la mayor parte de las palabras recogidas en Afronegrismos en el Diccionario de la lengua española, trabajo de investigación premiado por la Fundación González Abreu y que verá pronto la luz.

Se trata de un conjunto de palabras que no siempre nos suenan exóticas porque ya forman parte de nuestro patrimonio: ¿quién no bailó la conga en los años 60/70 en un guateque? ¿Quién no se ha despertado a altas horas de la madrugada como un zombi? ¿Quién no ha temido alguna vez que le hagan vudú? ¿Quién no ha fumado en una cachimba? ¿Quién no ha visto a alguien en tanga? ¿A quién no le gustan las bananas? ¿Quién no tiene un macuto? ¿Quién no ha contemplado un chimpancé, un macaco, un ñu en los documentales de la 2? ¿A quién no le gustaría saber bailar tango o samba? ¿Quién no sabe lo que es una mucama o un rastafari? En relación a esto, es curioso que, en Sevilla, ciudad en la que no abundan las librerías, dos de ellas lleven nombres africanos: Baobab y Quilombo.

Todas estas voces, junto con las demás estudiadas como evidentes afronegrismos –derivaciones y variantes incluidas– forman un conjunto de más de dos centenares de entradas en el Diccionario de la lengua española. Es cierto que, frente a los más de 93000 lemas que este diccionario recoge, los préstamos léxicos de lenguas subsaharianas en el español son escasos, pero no tanto como una simple ojeada a la obra académica nos permite suponer.

Los afronegrismos son un hilo más de los que forman la trama de nuestra lengua, un hilo sin el cual esta tela que nos arropa podría existir, es cierto, pero estaría incompleta. Justo es reconocerlo.

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